miércoles, 8 de abril de 2015

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Eran los candidatos perfectos para ser los protagonistas de una historia que, aún sin ellos saberlo, llevaban años escribiendo a ciegas, avanzando lentamente, tropezando constantemente, pero como nunca antes nadie había sido capaz de hacerlo.

Expertos en el arte amatoria del despiste, del ahora sí mañana no, de un contigo sin ti pero siempre conmigo, de un "olvídame para siempre" con billete de vuelta, de muchas idas y venidas, de perder la noción del tiempo en cada reencuentro, de no reconocer las causas perdidas, de prometer el destierro sabiendo que será cuestión de tiempo conquistar de nuevo esa tierra prometida, de reír a carcajadas durante horas pasase lo que pesase, de ganarle el pulso las ganas a los miedos una y otra vez, de parar el tiempo con la mirada, de adentrarse en la boca del lobo y cambiar el final del cuento, de escribir cada noche un nuevo guión de la película, los candidatos perfectos a mejores actores revelación, amantes de los finales inesperados y los encuentros a deshoras, de jugar con fuego sin haber sanado las marcas de la última llama, de besar cicatrices sanando secuelas de guerras a sus espaldas, de refugiarse en el olvido como único abrigo que los ampare a las tres de la madrugada de un ansiado martes en mitad de una calle olvidada de Dios sabe donde, de bailar con las prisas, de compartir el sueño de soñar despiertos con la libertad del viento, y aún sin ellos creerlo, de la mano. Y os prometo que sabían hacerlo como nadie.

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